jueves, 8 de noviembre de 2012

Cementerio de elefantes

La maldición de Toni es que siempre ha tenido una excelente memoria.

Cuando se lo propone, es capaz de rememorar el pasado con todo lujo de detalles. Pero pocas veces hace el esfuerzo. Prefiere convencerse a sí mismo de que hay recuerdos que se han desvanecido para siempre, como sueños que se olvidan en el momento en el que abrimos los ojos.

A ratos le funciona. Pero entonces un buen día el fantasma de sus peores equivocaciones llega dispuesto a cobrarse sus deudas y la tortura resulta insoportable. No es que Toni haya cometido en su vida más errores que el resto. Pero le cuesta hacer las paces con ellos.

De todos sus pensamientos amargos, los peores tienen que ver con aquellas decisiones que jamás llegó a tomar. Las confesiones que nunca hizo llevado por el miedo al fracaso. En su momento creyó que lo sensato era no intentarlo. Ahora se da cuenta de que siempre hay que correr riesgos.

Muchas veces, ante la idea de que resulta casi imposible ganar, optamos por bajar los brazos y no hacer nada. Un planteamiento estúpido. Si ya está todo perdido, entonces ¿qué más nos da hacer un último intento? La lógica es incontestable, pero en esos casos el terror nos paraliza y nos impide pensar con claridad. Esa es la verdad. El por qué existen tantos "te quiero" mudos.

Cuando el pasado viene de visita, Toni siente que dejó escapar su tren sin intentar montarse en él. Creyó que no era suficientemente rápido para alcanzarlo, suficientemente bueno para viajar en su interior. Sigue teniendo dudas. Pero en cualquier caso, ya no importa. Son quimeras imposibles y por eso las evita, enterrándolas en ese cementerio de elefantes que ha creado en su cabeza.

La tumba en la que descansan todos sus sueños imposibles, sus vidas imaginarias, sus "y si hubiera dicho que sí, qué habría pasado".



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